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"La
escritura
es
el paso de
una
catarsis personal a
una toma
de
conciencia universal"
Paul
Dakeyo. Camerún.
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"Los de mi
raza han despreciado siempre la escritura y durante siglos se han entregado
a la fuerza de
la memorización con el fin de conservar la herencia
cultural del imperio de Malí"
Massa
Makan Diabeté.
Malí
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"No hay
nada
nuevo bajo el sol, excepto
su
expresión"
Robert
Coover. Estados Uhidos.
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"Me
importa
conservar
las cosas
tal como estaban en
mi corazón
la primera
vez"
Ding
Ling. China
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"En
los países muy desarrollados, la lengua y
la cultura
han
alcanzado
su más alta perfección,
a veces incluso la estratificación"
Autram
Dourado. Brasil
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Fuentetajaliteraria.com |
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¿Por
qué escribe usted?
Selección,
prólogo y traducción de Cecilia Yepes
268 pp. 13x21,5 cm 2.900 pts. ISBN 84-95079-72-0
Prólogo
Pasajes
Cómo comprarlo |
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Prólogo
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Creo
que todo empezó cuando los directores de la revista Littérature, Louis Aragon,
André Breton y Philipe Soupault (por orden alfabético), en el número 1 de
octubre de 1919, incluyeron esta carta:
«Señor,
A
los representantes más cualificados de las diversas tendencias de la literatura
contemporánea, y rogándoles que no entren en la exposición de sus tendencias,
nos hemos permitido hacer la pregunta siguiente:
¿Por qué escribe usted?
Les agradeceríamos que nos honrasen con una respuesta y que permitiesen
la publicación.» |
La carta
iba dirigida a más de cien escritores.
Entre
diciembre de 1919 y febrero de 1920, llegaron setenta y cinco respuestas a
la dirección de Littérature, cuya sede estaba en el domicilio de André Breton,
plaza del Pantheon, 6. Al abrir los sobres descubrieron a Max Jacob: «¡Para
escribir mejor!»; a Paul Morand: «Escribo para ser rico y para ser estimado»;
a André Doderet: «Escribo para no pensar»; a Georges Laconte, Presidente de
la Asociación de Gentes de Letras: «(...) Ante la página en blanco, el escritor
tiene la alegría y el orgullo de sentir que no depende más que de sí mismo.
Y es una de las alegrías más noble»; a Blaise Cendrars: «Porque»; a Paul Valéry:
«Por debilidad»; a Michel Corday: «(...) Escribo sobre todo para divulgar
las convicciones que estimo, para combatir el sufrimiento y servir a la felicidad»;
a Francis Jammes: «Escribo porque cuando escribo no hago otra cosa»; al caballero
André de Fouquières: «(...) Escribo porque considero que el libro y el periódico
son dos tribunas que me permiten exponer mis ideas, y defenderlas, y en lo
posible, ganar adeptos»; a Jacques Co-peau: «Tengo muy poco tiempo para escribir.
Por eso me esfuerzo en escribir sólo para decir alguna cosa». También aparece
publicada una cita de Knut Hamsun: «Escribo para acortar el tiempo».
Con muy
pocas excepciones, los autores son franceses. El arte, y en concreto la literatura,
giraban en la órbita del continente europeo. La iniciativa no pretendía nada
especialmente serio. Son tiempos de ruptura con el arte y la literatura oficiales,
se exige una renovación. Bernard Morlino, en su libro Philipe Soupault,
¿Qui êtes vous? ilustra algunos aspectos de esta cuestión:
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«Cansados
de la agitación de Montparnasse, los directores de Littérature eligen su
cuartel general en la orilla derecha, bulevar des Italiens, en el 11, pasaje
de l'Opera, en la galería del Baromètre, han descubierto Certa, bar frecuentado
por clientes habituales, y no invadido de intelectuales. Las bebidas tienen
bonitos nombres: Kiss-me quick, 3,50 F; sherry Cobler, 4 F; whisky soda,
5 F. Aragon, un gran aficionado a los pasajes de la capital, siente predilección
por el porto Certa, a 2,20 F el vaso.
En el
pasaje del Horloge, a dos pasos del Certa, el café del Petit Grillon se
convierte en el segundo lugar de reunión. En septiembre de 1919, un cliente
habitual de esa sucursal del Certa, situada al lado de una tienda de bastones,
se dirige a ellos. Desde hacía algún tiempo el hombre los miraba mientras
hablaban de textos que había que escribir o que había que encargar. Los
otros clientes brindan, juegan al bacará o al póquer de ases, él, fiel a
su pasatiempo favorito, mira con insistencia hacia la mesa donde están,
se ríe disimuladamente. Soupault se acerca hasta él: «¿Por qué nos mira
así?». Sin alterarse, el hombre, de unos sesenta años, dejó el vaso de brandy:
«¿Por qué escriben ustedes?».
El hombre
de negro no obtuvo respuesta».
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Es fácil
comprender que los directores de la revista Littérature no respondieran,
y también que quisieran prolongar lo absurdo de aquella pregunta y de aquella
situación proponiendo una encuesta cuyas «contestaciones lamentables», según
André Breton, aparecieron en la revista por orden de mediocridad. Sin embargo,
en cierto modo, a partir de este momento se abren infinitas posibilidades
acerca de la indagación en el motivo -o la razón- de la escritura. Jean François
Fogel y Daniel Rondeau, del periódico Liberation, plantean de nuevo
esa pregunta en 1985. Conscientes de que la literatura había dejado de escribirse
sólo en Europa y de que escritores de diferentes nacionalidades no escribían
únicamente en su lengua materna, se dirigen en esta ocasión a escritores del
mundo entero. Responden cuatrocientos escritores de los cinco continentes.
Las respuestas son muy reveladoras, profundizan en la razón de escribir, pero
también en la forma de entender la literatura y los procesos de la creación
literaria, con aspectos biográficos, históricos, sociales y culturales que
constituyen un caleidoscopio hasta entonces insospechado. Nos encontramos
ante un importante ensayo de geografía literaria. Primo Levi, dos años antes
de su muerte, acaecida en 1987, reflexiona sobre el ímpulso creador en la
escritura en un ensayo titulado «¿Por qué se escribe?», y ofrece nueve razones
que, en resumen, son las siguientes:
-
Porque uno siente el deseo o la necesidad.
Es una
de las motivaciones más desinteresadas. El escritor que escribe impulsado
por algo o por alguien, no obra con vistas a un fin, si su trabajo le procura
fama o gloria será un añadido que no ha deseado conscientemente: un subproducto.
Este caso es extremo, teórico, poco sintomático. Es difícil encontrar un escritor
con un corazón tan puro; quizá entre los románticos, o entre aquellos que,
por estar alejados en el tiempo, resultan más fáciles de idealizar.
-
Para divertir o divertirse.
Estas
dos variantes coinciden casi siempre: raro es el escritor que para divertir
a su público no se divierte escribiendo, y raro es también aquel que al experimentar
placer escribiendo, no transmite al lector una parte de ese placer. A diferencia
del caso anterior, estos escritores puros existen; son a menudo escritores
no profesionales, ajenos a las ambiciones literarias, libres de limitaciones
dogmáticas, lúcidos y sabios. Un ejemplo es Lewis Carroll, el matemático de
existencia irreprochable que ha sabido atraer a seis generaciones de lectores
gracias a las aventuras de Alicia, primero en el país de las maravillas, y
luego al otro lado del espejo. El éxito de sus libros se encuentra probablemente
en el hecho de que no pretenden transmitir nada: ni lecciones morales ni propósitos
edificantes.
-
Para enseñar algo a alguien.
Hacerlo,
y hacerlo bien, puede ser algo precioso para el lector. Pero con raras excepciones,
como las Geórgicas de Virgilio, la intención didáctica es nociva para
la trama narrativa. El lector que busca una historia debe encontrar una historia
y no una lección que no ha pedido. Pero hay excepciones y quien tiene madera
de poeta sabe expresar la poesía aunque hable de las estrellas, los átomos,
la cría de ganado o la apicultura. La referencia para ilustrar este caso es
La ciencia de la cocina y el arte del buen comer, de Pellegrino Artusi.
Con este libro el autor pretende enseñar, lo declara, lo hace con la simplicidad
y la claridad del que conoce a fondo la materia, y llega espontáneamente al
arte.
-
Para mejorar el mundo.
Nos separamos
cada vez más del arte por el arte. Hay que observar a este respecto que las
motivaciones que interesan aquí tienen poca incidencia sobre el valor de la
obra susceptible de engendrar; un libro puede ser hermoso, serio, durable
y placentero por razones completamente distintas a aquellas por las que fue
escrito. Se puede escribir libros innobles por nobles razones, y también,
pero más raramente, libros nobles por razones innobles. Levi manifiesta sentir
una cierta desconfianza hacia aquel que sabe cómo mejorar el mundo; es a menudo,
si no siempre, un individuo tan engreído de su propio sistema, tan seguro
de sus ideas, que se convierte en impermeable a cualquier crítica. Hay que
desear que carezca de una voluntad fuerte, pues entonces podría estar tentado
de ir más allá de las palabras y mejorar el mundo con los hechos: así, Hitler
tras haber escrito Mein Kampf.
-
Para dar a conocer sus ideas.
Los que
escriben con esa finalidad constituyen una variedad muy reducida y, por consiguiente,
menos peligrosa, de la especie precedente. Esta categoría coincide de hecho
con la de los filósofos de toda índole: geniales, mediocres, presuntuosos,
amigos del género humano, diletantes, locos.
-
Para liberarse de la angustia.
La escritura
es a menudo un equivalente de la confesión o del diván de Freud. Nada hay
que objetar a quien escribe sometido a un estado de tensión: es deseable,
por el contrario, que consiga liberarse de esta forma, a Levi le sucedió hace
tiempo. Pero se debe filtrar lo más posible la propia angustia, para no arrojarla
tal cual, en bruto, al rostro del lector: se correría el riesgo de transmitirla
a los demás sin por ello alejarla de uno mismo.
-
Para ser famoso.
Sólo un
demente podría acometer la empresa de escribir con la única finalidad de convertirse
en célebre; pero ningún escritor, por muy modesto que sea, por muy poco presuntuoso,
incluso el angelical Carroll, ha sido insensible a esta motivación. Ser conocido,
oír hablar de uno, leer artículos sobre uno en los periódicos, es indudablemente
dulce; pero entre las alegrías que la vida puede ofrecer, hay pocas que cuesten
tanto trabajo, y pocos trabajos cuyo resultado sea tan incierto.
-
Para ser rico.
No se
entiende la sorpresa o la indignación de algunos cuando descubren que Collodi,
Balzac y Dostoievski escribían para ganar dinero, para pagar sus deudas de
juego, o para relanzar empresas comerciales deficitarias. Como cualquier otra
actividad útil, escribir merece un salario. Pero escribir con el único afán
de lucro parece peligroso, pues conduce casi siempre a una manera fácil, demasiado
sometida al gusto del público en general y a la moda del momento.
-
Por costumbre.
Levi deja
para el final la motivación más triste. Es triste, pero es así: ocurre que
el escritor agota su propergol, sus recursos de narrador, su deseo de dar
vida y forma a las imágenes que ha concebido; puede ocurrir que ya no conciba
imágenes; que carezca de deseos, siquiera de gloria o de dinero; y que escriba,
no obstante, por inercia, por costumbre, para conservar un nombre. Cuidado
con él. No llegará muy lejos por este camino, terminará fatalmente copiándose
a sí mismo. El silencio es más digno, ya sea temporal o definitivo.
En la
respuesta a la pregunta «¿Por qué escribe usted?» habrá un espacio para una
dimensión casual, menos comprometida, y para una dimensión consciente, más
grave. Si los iniciadores del movimiento surrealista hacen de la provocación
un lema y adoptan la declaración de Rimbaud, «Il faut être absolument moderne
[Hay que ser absolutamente moderno]», y si Francis Picabia escribe «Nous espérons
que la nouveauté qui sera la même chose que ce que nous ne voulons plus, se
imposera moins pourrie, moins égoïste, moins mercantile, moins obtuse, moins
inmensément grotesque... [Esperamos que la novedad, que será lo mismo que
lo que no queremos, se imponga menos podrida, menos egoísta, menos mercantil,
menos obtusa, menos inmensamente grotesca...]», Primo Levi, que sufrió en
carne propia el horror del holocausto, es uno de los escritores fieles a la
memoria y al compromiso. De cualquier forma, el debate acerca de la razón
de escribir oscila, fluctúa, se inclina hacia el arte o hacia la realidad,
pero el escritor irá siempre de un extremo a otro irremisiblemente. Y esto
sucede porque la literatura es transcendente, es dual, tal como lo expresa
André Brink: «Los escritores y la literatura existen en el mundo: hasta el
poema más íntimo, escrito para el goce personal del poeta y escondido en el
fondo del cajón de su escritorio, presupone un lector. Si no actúa dentro
de un proceso de comunicación, la obra se realiza parcialmente. ¿Pero significa
esto que la obra literaria de manera inevitable está dirigida a satisfacer
alguna necesidad social? ¿Es dable suponer que el escritor y su obra pueden
tener algún efecto social?». Paul Dakeyo afirma que «la escritura es el paso
de una catarsis personal a una toma de conciencia universal».
Observo
algunas características comunes en los escritores de un determinado continente.
Siguen ahora algunas generalizaciones, siempre molestas, inexactas e imprecisas.
Quizá sea preciso utilizarlas para que el lector pueda ir acercándose al contenido
de este libro. Los escritores africanos están fuertemente comprometidos con
la realidad de sus países, se consideran herederos de la tradición oral -ajena
por completo a la escritura-. El escritor Massa Makan Diabeté dice: «Los de
mi raza han despreciado siempre la escritura y durante siglos se han entregado
a la fuerza de la memorización con el fin de conservar la herencia cultural
del Imperio de Malí». Esta tradición se ha visto amenazada por los distintos
procesos de colonización occidental, pero aún persiste. Edouard Glissant habla
del «resplandor de las literaturas orales». Los escritores confían en que
el continente africano se libere del yugo de la opresión y del subdesarrollo.
Destaca especialmente el caso de Sudáfrica. Ahmed Essop considera que tiene
una responsabilidad como escritor, pues vive «en un país donde el racismo
está en la Constitución y reduce a los indígenas a la categoría de esclavos».
Mandela no está ya en la cárcel; sin embargo, la historia jamás se reescribe
rápidamente y determinados acontecimientos marcan a varias generaciones. De
hecho, André Brink escoge una cita de Milan Kundera como epígrafe de su colección
de ensayos Los hacedores de mapas: «La lucha del hombre contra el poder
es la lucha del recuerdo contra el olvido».
Los escritores
europeos, y también los escritores americanos que recibieron las influencias
del arte y de la literatura euro-peos, son más individualistas, están más
ensimismados. Europa asumió hace ya tiempo el oficio propiamente dicho. Hay
que detenerse en el periodo del Romanticismo, en palabras de Julien Gracq:
«La dramatización del acto de escribir, que se ha convertido en algo espontáneo
y como una segunda piel, es un legado del siglo XIX». Para el escritor Autram
Dourado, «En los países muy desarrollados, la lengua y la cultura han alcanzado
su más alta perfección, a veces incluso la estratificación». De tal manera
que el compromiso del escritor europeo es sobre todo con la obra literaria.
Tradición obliga, pues los escritores grecolatinos alcanzaron el mayor grado
de perfección. En las naciones del este de Europa, las circunstancias políticas
han condicionado la obra de muchos escritores, imponiendo el silencio, la
marcha a otros países. En este último caso las lenguas de adopción proporcionan
una nueva y siempre interesante perspectiva.
En cuanto
a los escritores latinoamericanos, podemos hablar de búsqueda; para Alejo
Carpentier, «La novela sudamericana tiene un mundo por descubrir. Sobre todo
si se piensa que nuestras primeras novelas datan sólo del siglo pasado». Los
escritores de literaturas árabes y orientales escriben sin olvidar una tradición
de textos sagrados que influye decisivamente en la concepción de su oficio,
éste surge como resultado de un proceso de interiorización. «Me importa conservar
las cosas tal como estaban en mi corazón la primera vez», afirma Ding Ling.
Los más
de doscientos escritores que aquí se incluyen han sido agrupados siguiendo
un orden alfabético. Esta edición se basa fundamentalmente en las respuestas
de los escritores que divulgó el periódico Liberation, y ha sido ampliada
con aportaciones de otros escritores, recogidas en distintas revistas y publicaciones.
Uno de los principales objetivos es presentar un atlas de la literatura contemporánea,
en lengua castellana, con las manifestaciones de escritores de todo el mundo.
Éstas van precedidas de una breve reseña bio-bibliográfica, que no es sino
una invitación a que el lector profundice en la obra de los escritores de
su predilección. Los escritores pueden despertar nuestro interés por su país
de procedencia, pero algunos han cambiado de nacionalidad o se han exiliado;
también puede suceder que no escriban en su lengua materna; por lo tanto,
son los representantes de una nación, de una cultura, en la medida en que
todas las influencias recibidas conforman un magma que halla su expresión
en la obra que ellos escriben. La geografía como extenso territorio, vasto
espacio, se convierte en región, en isla. Esa mezcla entre lo externo y lo
íntimo, entre lo social y lo privado, es la materia propia de cada escritor
y le confiere una voz personal. Considero que este escritor pertenece a un
determinado país, y a lo largo de su vida la relación con él pasa por distintas
fases, desde ser un representante del mismo en cuanto a afinidades ideológicas,
hasta la falta de representatividad debido a disensiones de carácter político
o social.
El escritor
-que en ocasiones es un hombre o mujer normal- puede desvelarnos el
lugar que escoge para escribir, su infancia, también la adquisición de la
madurez creadora, aquellos libros que leyó, sus inicios, sus éxitos, su relación
con la sociedad, igualmente sus fracasos, los libros que nadie quiso publicarle,
el momento exacto en que surgió alguna de sus obras. Casi todos confiesan
que la literatura es lo más importante de sus vidas y a ella dedican su tiempo.
Los hay que han reunidos catorce volúmenes de diarios: es el caso de Ernst
Jünger; poetas que han dejado de escribir, como Manolis Anagnostakis; quienes
comenzaron escribiendo cartas: eso refiere la escritora Dhini Nurhayati. A
este propósito, no me resisto a mencionar unas palabras de Ricardo Piglia,
en boca de uno de sus personajes, el escritor Emilio Renzi, en Respiración
artificial: «Entonces el género epistolar ha envejecido y sin embargo
te confieso que una de las ilusiones de mi vida es escribir alguna vez una
novela hecha de cartas». Están los que consideran la vocación literaria como
una aspiración a la santidad, al perfeccionamiento; un ejemplo es Joseph Brodsky;
y también V.S. Naipaul: «La contemplación asociada a la escritura, y la claridad
interior que eso supone desembocan en la serenidad, para mí es el equivalente
de la religión». Claude Simon, por el contrario, dice que «lo que me empuja
(y me ha empujado) a escribir es esa necesidad de hacer que siente todo hombre».
Anthony Burgess era funcionario en Borneo, pero el diagnóstico de un tumor
acabó con su carrera y hubo de dedicarse a escribir por necesidad. Para Antonio
Callado, la literatura es una actividad artesanal, la última, por eso escribe,
porque «El escritor es, o puede ser, el hombre más libre de la sociedad moderna».
Hay escritores experimentales; tal sucede con Robert Coover, que considera
que «No hay nada nuevo bajo el sol, excepto su expresión». El concepto de
fracaso es a veces el punto de partida: Sandor Csoori, observando los destrozos
en su casa de campo después de una tormenta, recuerda las ruinas tras la guerra,
pero no se aflige, pues «cualquier poeta vive de sus pérdidas y esta conciencia
bienhechora me libera de la tiranía del momento». La escritura es una pasión,
porque Dürrenmatt expone: «Cuando escribo estoy ante una catástrofe». Algunas
respuestas no dejan de ser sorprendentes, como la de Helen Garner: «Escribo
porque me gustan las cosas que se parecen a las patatas de Claude Batho».
Hay otros que comienzan a escribir una vez finalizada su actividad profesional;
Andrzej Kusniewicz habla de que para él fue un placer y un descanso, y agrega:
«En los tiempos y en las condiciones en que vivimos, creo que la creación
artística (musical, poética, etc.) continúa siendo uno de los últimos refugios
que existen». Con otras palabras lo expresa Crista Wolf: «en nuestros días
el arte es sin duda el único refugio, así como el único campo de experimentación
para llegar a una imagen del ser humano no desgarrada». Los escritores son
tipos raros; Giorgio Manganelli argumenta que escribe porque no aprendió a
atarse los cordones de los zapatos. Y también algo visionarios: Miklos Meszoly
cree que la prosa del futuro «no será tanto una literatura de las afirmaciones
cuanto de las observaciones extremadamente precisas y de la contestación como
resultado de la reflexión. Para llegar a eso habrá que apropiarse, con más
sensibilidad todavía, de la atmósfera de las cosas. Una disposición nueva
de los elementos concretos será quizá lo decisivo». Hay escritores viajeros
como Bruce Chatwin, que empezaron contando historias increíbles a sus compañeros
de clase, pero otros, que también viajan, no tuvieron tanta suerte y se dedicaron
a escribir porque el mundo de la acción parecía reservado a los demás: así
lo confiesa Le Clézio.
Tras esta
exposición es evidente que, si bien todo empezó casi por casualidad con la
pregunta que lanzaron los surrealistas en 1919, ésta ha ido aumentando su
importancia, y actualmente, en este inicio del siglo XXI, cuando tantas cosas
van quedando atrás, me parece imprescindible devolver al escritor y al acto
de escribir su verdadera dimensión, sin interferencias de los canales mediáticos,
para obtener una visión global, que no homogénea, de la literatura que se
escribe. Agradezco a Ramón Cañelles la realización de este proyecto: compartimos
la convicción de que era necesario divulgar las voces de tantos escritores
de culturas y tradiciones literarias diferentes de la nuestra, dejando a un
lado, y de lado, ese pequeño mundo de premios, reconocimientos, presentaciones
de libros, tertulias, cenáculos, plagios, rumores, críticas afectas, rankings
de ventas, venganzas, homenajes, etc. El acto de escribir nunca es intranscendente.
Todo escritor se ha planteado alguna vez por qué lo hace, quizá para olvidarlo
a continuación y seguir escribiendo. El lector quiere saber también por qué
se escribe. Surgen así infinidad de opciones. No hay duda de que esto es literatura,
construida con palabras, poéticas, comprometidas, arriesgadas. Hay muchos
escritores, desconocidos, de renombre, de culto. Necesitan lectores.
Cecilia
Yepes
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Pasajes
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BA
JIN
China
Nace en
1904 en Chengtu, provincia de Szechwan. Su nombre se formó a partir de la
primera y última sílaba, respectivamente, de los nombres de Bakunin y Kropotkin,
anarquistas rusos a quienes Li admiró. Instruido en las lenguas y literaturas
extranjeras. Entre sus novelas, Han ye (Noche helada). Víctima de la revolución
cultural, rehabilitado posteriormente.
¿Por
qué el hombre siente la necesidad de la literatura? Necesita a la literatura
para barrer la basura de nuestros espíritus. La necesita porque nos aporta
esperanza, coraje, fuerza. ¿Por qué siento yo la necesidad de la literatura?
La utilizo para transformar mi vida, mi entorno, mi mundo mental. Cincuenta
años de vida literaria me permiten decir que nunca me he reído de la vida,
que nunca he travestido la vida, ni tampoco he embellecido la vida. He vivido
a través de mis obras, he combatido a través de mis obras.
ITALO
CALVINO
Italia
Nace en 1923.
Fue partisano. Entre sus obras: Los amores difíciles (Ed. Tusquets), El barón
rampante, El caballero inexistente (publicadas en Ed. Siruela), Las ciudades
invisibles (Ed. Minotauro).
Porque
nunca estoy completamente satisfecho con lo que he escrito, y me gustaría,
de una forma u otra, corregirlo, completarlo, proponer otras soluciones. Por
lo tanto, nunca ha habido una primera vez. La necesidad de escribir siempre
ha sido para mí lo mismo que borrar, sustituir algo de lo escrito por algo
aún por escribir. Porque leyendo a X (un X antiguo o contemporáneo) he llegado
a pensar: ¡Cómo me gustaría escribir como X! Es una lástima que se encuentre
completamente por encima de mis posibilidades. Entonces, intento imaginar
esa empresa imposible, pienso en el libro que no escribiré jamás, pero que
me gustaría poder leer, poder colocar junto a otros libros amados. Algunas
palabras, algunas frases acuden ya a mi mente. Olvido enseguida a X y a cualquier
otro modelo. Es en ese libro en el que pienso, ese libro que no ha sido escrito
por nadie y que podría ser mi libro.
Para aprender cosas que no sé. No me refiero con esto a lo que se revela como
el arte de escribir, sino a lo demás: a cualquier clase de saber práctico
o específico, o bien, a ese saber más general que se llama experiencia de
la vida. Lo que me incita a escribir no es el deseo de enseñar a los demás
lo que creo haber aprendido, sino más bien la amplitud de mi incompetencia.
Mi primer impulso ¿sería, pues, escribir para fingir que me conozco? Pero
incluso para fingir, es necesario reunir informaciones, conocimientos, observaciones:
debo llegar a imaginarme la lenta acumulación de una experiencia. Y solo puedo
hacerlo en la página escrita, trampa donde espero capturar algunos vestigios
de los conocimientos, de los saberes que, en mi vida, no he hecho más que
rozar.
JOSE
CARDOSO PIRES
Portugal
Nacido
en 1925 en Castelo Branco. Matemático, marinero y editor. Destacan la colección
de cuentos: Jogos de azar (Juegos de azar), también: Balada de la playa de
los perros, El delfín, Lisboa, diario de a bordo (publicadas en Alianza Ed.).
El porqué
del escritor será probablemente aquello que él mismo busca cuando relata los
porqués de sus propios personajes.
Pero creo que cada novelista tiene en sí mismo mucho de voyeur, y de masturbador,
pues la ficción literaria es en cierta medida un ejercicio en soledad: se
dirige a un lector ideal, que es una imagen secreta y siempre disponible como
la imagen de la partenaire del adolescente en sus explosiones solitarias.
Se sabe que la masturbación es, en el plano de las representaciones, un deseo
de perfección.
Una cierta soledad, otro porqué del novelista. Se dice que escribe siempre
la misma novela, que sus obsesiones hacen que cada novela no sea sino una
proyección de la precedente. Pero es por un instinto de perfección por lo
que se prolonga así, de libro en libro y de personaje en personaje, buscando
nuevos ángulos y nuevas iluminaciones.
La obsesión por el perfeccionamiento es una manifestación de la necesidad
de individualización -otro porqué del escritor-. Arrastra al poeta o al novelista
hacia una auto marginación casi supersticiosa. Ya sea a nivel de la escritura,
o en relación con el establishment: su aspiración es ser leído por una inmensa
minoría.
Ciertamente, por su vocación de independencia, el escritor es un remordimiento
para las instituciones. Pero de la conciencia de su fragilidad social él hace
una de sus razones de escribir, uno de sus porqué.
RAYMOND
CARVER
Estados Unidos
Nace en
1939 en Oregón. Excelente escritor de relatos. Los títulos resumen la soledad
de sus personajes: ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?, Catedral, ¿Quieres
hacer el favor de callarte, por favor? (publicadas en Ed. Anagrama).
Desde
los 18 años no he sabido hacer, o no he tenido ganas de hacer, realmente otra
cosa. Fue entonces cuando publiqué mi primer poema en una oscura revista literaria.
Desde esa época mi vida ha sufrido cambios enormes, conmociones. Habiendo
quedado marcado de forma indeleble, es decir, destruido, por algunas de esas
experiencias de mutación, la sola, la única constante en mi vida, ha resultado
ser un deseo, aunque en ocasiones sea muy débil, de continuar escribiendo.
En cuanto al porqué, me es difícil responder. Digamos que quiero creer que
he visto cosas, que he vivido momentos que nadie ha visto ni ha vivido. Y
esas experiencias han provocado en mí el deseo de ofrecer un testimonio sobre
ciertas ocasiones, ciertas personas o situaciones vividas.
No veo necesario abrirme paso a codazos para imponer mi visión del mundo por
encima de la de otros escritores. O se toma o se deja; hay sitio para todos.
Una de las cosas más sorprendentes cuando se está comprometido con el acto
de creación, cuando uno está comprometido con el proceso de fabricación de
alguna cosa, es que no es necesario empezar destruyendo.
BRUCE
CHATWIN
Reino Unido
Nacido
en Sheffield en 1940. Trabajó en la casa de subastas Sotheby. Después, como
periodista y luego se dedicó a viajar. Su primer libro, En la Patagonia (Muchnik
Ed.) describe la vida de los descendientes de los colonos galeses que se establecieron
en Argentina a lo largo del siglo XIX. Otras obras: Anatomía de la inquietud,
Colina negra, Fotografía y cuadernos de viaje (publicadas en Muchnik Ed.).
La pregunta
por qué escribo es para mí una invitación a la mentira. La palabra escritor
es ya ciertamente una traición.
Las
confesiones de los escritores, lejos de proporcionar informaciones suplementarias,
están casi siempre llenas de mentiras: una ocasión más para mostrarse ostensiblemente
modesto, para añadir un detalle a un cenotafio, o para ocultar alguna secreta
imperfección.
Las
verdaderas razones para escribir deben permanecer en el misterio; también,
si se me perdonan las mentiras (o las medias verdades), diré que escribo porque:
Siempre he sido un cuentista, y mis ficciones siempre han sido más importantes
que el aburrimiento propio de lo cotidiano. A los siete años, celoso de un
muchacho que había ido a Francia, señalé con el dedo sobre el atlas del colegio
la palabra Mourmasnsk y dije:
Ahí
es donde nací.
Mentiroso,
respondió él.
Me
lancé entonces a un relato fantástico sobre nuestra huida a través de la frontera
finlandesa: la nieve, los pinos, una puesta de sol, un trineo, los lobos,
las alambradas, los disparos y las mujeres que nos acogieron al otro lado.
En dónde había encontrado todos esos detalles, continúa siendo un misterio.
La maestra dijo que yo era un desequilibrado.
Porque
a los treinta y dos años, sin un céntimo en el bolsillo, en paro, avergonzado
de no haber hecho nada, acepté un trabajo en un periódico y descubrí (como
un muchacho que juega con un mecano) el placer de deslizar una historia en
la columna de papel de un periódico.
Porque,
una vez que has escrito un libro, el acto de escribir actúa como una droga,
como cualquier droga, y porque si en ciertos momentos escribir crea una tensión
insoportable, la depresión causada por el hecho de no escribir es mucho peor.
Porque
la escritura, en definitiva, es la más libre de las ocupaciones: sólo se necesita
un bolígrafo, papel y soledad.
Por último, porque yo me agarro a esta idea arcaica de que el Hombre, por
definición, es un animal que cuenta historias, que esta facultad le salvó
una vez, hace mucho tiempo, de la extinción y que es posible imaginar que
ella puede ayudarlo en el impasse en el que se encuentra hoy.
ROBERT
COOVER
Estados Unidos
Nació en
1932. Un novelista experimental. Obras: Azotando a la doncella, La fiesta
de Gerald, El hurgón mágico, Sesión de cine (publicadas en Ed. Anagrama).
Porque
el arte insufla vida a lo que no tiene vida, muerte a lo que es eterno.
Porque en realidad el arte es preferible al maravilloso terror de la vida.
Porque como el tiempo no pasa (nada pasa, como dijo Beckett), esto hace
pasar el tiempo.
Porque la muerte, nuestra dueña triste, de una forma u otra, es alegre en
los epitafios.
Porque los epitafios, bien sentidos, dan a la muerte, nuestra insaciable dueña,
ardores de estómago.
Porque la ficción imita la belleza de la vida, inventando así la belleza que
le falta a la vida.
Porque la ficción es la mejor posición, a veces exótica y familiar, para dar
por culo al mundo.
Porque la ficción, esa paradoja con habilidad, lo celebra.
Porque la ficción, maternal por amor, ama al amor como una madre podría amar
a un hijo ingrato.
Porque la ficción habla, desesperadamente, extraordinariamente, como habla
el mundo. Porque Dios, creado a imagen del narrador de cuentos, sólo puede
ser destruido por quien lo ha hecho.
Porque, en su perversidad, el arte pone armonía en la falta de armonía.
Porque, por su lado profano, la ficción santifica la vida.
Porque, en su terrible aislamiento, la escritura es un sendero hacia la fraternidad.
Porque al principio fue el gesto, y lo mismo será al final: pero son las palabras
lo que tenemos entre medias.
Porque de todas las artes, sólo la ficción puede deshacer los mitos que deshumanizan
a los hombres.
Porque el lápiz, aunque sea corto, proyecta una sombra inmensa (sobre, hay
que decirlo, ninguna superficie).
Porque el mundo se vuelve a inventar cada día, y así es como uno se deja atrapar.
Porque no hay nada nuevo bajo el sol, excepto su expresión.
Porque la verdad se oculta en las ficciones y por lo tanto hay que ir a buscarla.
Porque escribir, en la inmensidad inimaginable de todos los espacios, es todavía
la mayor de las aventuras.
Y porque, desgraciadamente, ¿hay alguna otra cosa?
MAHMUD
DARWIX
Palestina
Es el escritor
del exilio palestino. Una característica es la fuerza poética de sus textos.
Entre sus obras: Akhar al lalyl (El fin de la noche). Editorial Cátedra ha
publicado El fénix mortal.
¿Por
qué cantas? Esta es la brutal pregunta que el inquisidor dirige al cantor
en uno de mis poemas. La respuesta es también brutal: porque canto.
Evidentemente,
la pregunta que se me hace no tiene nada en común con la que el inquisidor
dirige al prisionero cantor. No puedo, pues, responder de la misma manera:
porque escribo. Creo que nuestro objetivo es procurar un diálogo para suprimir
en parte el velo de ambigüedad que envuelve a la escritura.
No
sé por qué escribo. Tal vez porque estoy implicado en un proceso desde hace
bastante, a un ritmo que no me ha dejado tiempo para interrogarme sobre la
utilidad de un hobby que se ha convertido en profesión, ni sobre la posibilidad
de sustituirlo por otra actividad.
La
escritura supone el tormento de la creación para el escritor y el placer para
el lector. Pero no hay que engañarse al respecto. Pues el escritor, por medio
de un proceso extremadamente complejo y profundamente intimista, se vuelve
a apropiar de ese placer. Es ese placer el que le hace tomar conciencia de
su utilidad, es decir, de su existencia, le proporciona la fuerza para afrontar
ese largo y laborioso diálogo con la hoja en blanco, y atenúa la impresión
de librar un combate absurdo contra un espacio en blanco de donde saldrán
los puentes que le unirán a los otros.
Escribo
poesía y escribo prosa, y mis motivaciones, ciertamente, no son las mismas.
Cuando escribo prosa, soy consciente de que dirijo un mensaje al lector con
el fin de provocar su reacción o de suscitar en él determinados sentimientos.
Cuando
escribo mis poemas no siento la misma necesidad, pues establezco un diálogo
conmigo mismo. De hecho, escribo para mí mismo, para comprenderme mejor o
incluso para liberarme de un peso que me agobia. Mi poesía es una queja que
no se dirige a nadie. Más aún: excluyo conscientemente al lector del espacio
secreto entre ese yo y ese yo mismo en el transcurso del proceso poético.
Para mí, la poesía puede ser también una actividad lúdica, escribo a veces
como si fuera un juego, sí, como si fuera verdaderamente un juego. Pero me
he preguntado a menudo: ¿podría proseguir esta queja y este juego si no hubiese
un lector? Evidentemente, no.
Cuando
miro hacia atrás esa poesía que ha dejado de ser un secreto personal, pero
que se ha convertido -si me atrevo a decirlo- en un producto estético que
se extiende hacia el dominio de lo público, constato que mi verdadera motivación
no era otra que el deseo del poeta hacia su Andalucía... si no, ¿cómo explicar
la melancolía de la poesía, su brote en dos direcciones antinómicas: el pasado
y el futuro? La poesía no es otra cosa que la búsqueda de una Andalucía posible,
una Andalucía que renace en el espíritu y en el corazón. De ahí emerge esa
alegría secreta del poeta, alegría que no proviene de lo real sino de la creación,
alegría de ver que las palabras captan lo imposible.
Pero
la pregunta persiste: ¿por qué escribo? Quizá no tengo ya otra identidad,
otro amor, otra libertad, otra patria, u otra razón, para aceptar el proyecto
de vida que heredé sin haber sido consultado. No puedo asentir ciegamente
ante este destino. Quiero dar forma a mi destino, determinar su sentido, y
es la escritura, la que en su fondo y en su forma, alimenta esta voluntad.
¿Puede tener un escritor el coraje, después de un largo camino, tras la experiencia
del fracaso, de plantearse la elección siguiente: la escritura o el suicidio?
Se trataba con toda probabilidad de compensar una pérdida a través de la poesía.
Cuando el amor, la patria, el tiempo o la belleza se me escapan, es a través
de la escritura como los reencuentro... como restablezco la unión con las
paredes del mundo que se derrumban en mi interior. ¿Seré el poeta de los derrumbamientos,
que pasa su vida reconstruyendo lo que se derrumba dentro de sí mismo y a
su alrededor por medio de la escritura? Probablemente. Yo no lo he querido,
pero soy el producto de mi historia y de mi pasado personal. Jamás quise,
ni pretendí, edificar en la poesía, o construir en la lengua, una patria para
los palestinos. Pero ¿consciente o inconscientemente, no es lo que hago?
MIRCEA
DINESCU
Rumania
Poeta.
Entre sus obras: Proprietarul de poduri (El propietario de los puentes), Exilul
pe o boaba de piper (El exilio sobre un grano de pimienta).
Poned
a mi disposición un periódico de provincias y una barraca de madera con un
cartel grasiento y en tres días las ciudades tendrán el olor de la vainilla
y de los puertos abiertos.
AMINITA
SOW FALL
Senegal
Nacida en Saint-Louis.
Entre sus novelas: Le revenant, Lappel des arénes.
Para responder
a una necesidad, igual que cuando escucho un aire de kora o voy a la orilla
del gran río que discurre serpenteando alrededor de la isla de Saint-Louis
y contemplo, con los primeros fulgores del alba, el fluir del agua como una
pieza de tafetán azul verdoso, bajo el puente Faidherbe, tan bello y tan majestuoso.
No
sólo por la capacidad de maravillarse y por el gozo estético que la satisfacción
de tal necesidad puede procurar. Sino para romper con la banalidad de los
actos corrientes y así tomar conciencia de que algo se agita en mi interior,
de que la emoción está ahí y de que a través mío puede ser creadora.
Escribo para ser yo misma y para hacer que mi pueblo exista. Creo que es más
o menos lo que Barthes llamaba el gesto esencial del escritor.
PHILIP
JOSE FARMER
Estados Unidos
Nace en 1918.
Es uno de los padres de la ciencia ficción. Destaca. A vuestros cuerpos dispersos
(Ultramar Ed.), Cuidado con la bestia (Ed. Anagrama), La torre negra (Ed.
Timun Max).
En la
noche de un espacio húmedo (el vientre de mi madre), un espermatozoide venció
a un millón de competidores. Durante ese maratón microscópico, todos murieron
excepto uno. Y el vencedor dejó de existir cuando se unió con el óvulo, formando
los dos uno solo: el Otro.
El
espermatozoide aterrizó sobre el óvulo como si hubiera sido un astronauta,
y el óvulo, un lejano planeta. Ese día Flash Gordon no sobrevivió como tal:
se unió con el óvulo, planeta desconocido.
De
esa fusión nació el Otro, llamado Philip Jose Farmer. Nueve meses más tarde,
esa entidad se posó a su vez sobre otro planeta desconocido: la Tierra. Este
relato de ciencia ficción que es la historia de todos los bebés continúa tras
el impacto: el recién llegado cayó en manos de unos extranjeros que hablaban
una lengua incomprensible y seguramente no pensaban como él.
Esta
historia que dura desde siempre es la de una lucha salvaje por sobrevivir
en este planeta, esforzándose por convertirse en un ser humano completo, lo
que los chinos llaman Un hombre redondo. Pero la identidad salida de ese
aterrizaje forzoso, más o menos humano, semi-robot, iba a tener que trabajar
toda su vida para transformarse en un ser humano completo: esa será la meta
de su odisea en este planeta. Muchos lo intentan, pocos los consiguen. Y,
aparentemente, el final inevitable es la muerte.
¿Por
qué, entonces, seguir viviendo? Tal vez porque la muerte es otro aterrizaje
forzoso que nos proyecta hacia una nueva fusión donde nos convertimos una
vez más en Otro, donde entramos en combinación con Alguna Cosa, para convertirnos
a su vez en Alguna Otra Cosa. Y, si nuestro libre albedrío no nos ha servido
para pasar del semi-robot a una forma humana, lo más parecida posible al hombre
redondo, ¿eso va a impedirnos acceder al otro mundo? Igual que millones de
espermatozoides, cuando se produce una eyaculación, se quedan en el camino
sin unirse con el óvulo; solamente uno lo consigue, y se transforma en entidad,
el Otro.
Los
bebés humanos son unos semi-robots que poseen, sin embargo, un libre albedrío
limitado pero vigoroso. Algunos se convierten en adultos que ejercen ese libre
albedrío lo más a menudo posible. Pero la mayoría no lo utilizan más que una
vez, el día que deciden utilizar su libre albedrío lo menos posible.
Me
considero un semi-robot, cuyos elementos innatos, el patrimonio genético,
han hecho de mí un escritor nato. Desde los 8 o 9 años supe que quería ser
escritor. Pero me hizo falta cierto tiempo para lanzarme. Ante todo, debía
explorar este planeta desconocido.
La
herencia única de los factores genéticos dirigió al semi-robot hacia el papel
de escritor y, en particular, hacia ese género nuevo de literatura que nació
con la era industrial-electrónica: la ciencia-ficción. Pero, dotado de un
libre albedrío y, aumentando su saber y experiencia, el Otro, en plena transformación,
eligió el tipo de género de ciencia-ficción que escribiría y cómo lo escribiría.
El
futuro escritor tuvo la suerte de exponerse a determinadas influencias literarias
precoces. Lo mismo que el huevo absorbe al espermatozoide, él absorbió La
biblia, La iliada, La odisea, Swift, Twain, los cuentos y leyendas del mundo
entero, la mitología escandinava, griega, y la de los indios de América, Las
mil y una noches, El mago de Oz de F. Baum, y Robert Louis Stevenson. Un poco
más tarde absorbió Voltaire, Dumas, Rabelais, London, Doyle, Burroughs, Wells
y Verne. Luego Melville, Shakespeare, Platón, el teatro griego, Balzac, Dostoiesvky,
Dickens, Nietzsche, los poetas chinos y Henry Miller. Más tarde leyó escritos
sufíes.
Doy
gracias a Dios, al azar (al uno o al otro) por haber nacido de unos padres
que no restringieron mis lecturas a los clásicos. Algunos habrían considerado
mi admiración por Baum, London, Dumas, Doyle o Burroughs -toda esa sub-literatura-
como algo vulgar, chocante e inoportuno. Pero me autorizaron a que eligiese
yo mismo mis lecturas, y así, mezclada con los clásicos, descubrí la literatura
popular: la aventura, el misterio y la ciencia-ficción.
Las
películas mudas de mi infancia también me han influido mucho y no sería el
hombre que soy si no me hubieran impresionado tanto El ladrón de Bagdad, Los
tres mosqueteros (la primera película que vi), El mundo perdido, El cazador
de gamos. Los diez mandamientos, Robín de los bosques, así como todas las
series de televisión del fin de semana, particularmente The Green Archer.
La
persona o la entidad, se cual sea, que echó mis cartas genéticas, lo hizo
de tal manera que hay algo en mí que viene de la tierra misma, una pizca de
vulgaridad. Hay una corriente carnal y lúbrica en mí, así como un sentimentalismo
a lo Dickens. Tanto mejor, me parece. Alguien que carece de ese lado campesino
no puede ser un poeta de primer orden.
Esta
corriente de vulgaridad, más una fascinación, mitigada de horror, por lo irracional
y por la anarquía, han hecho que me sintiese atraído, como el aire aspirado
por el vacío, hacia los cuentos de los indios de América: Wabosso con los
Algoquinos, El gran liebre blanca, o El viejo hombre coyote, indios de las
llanuras. Mi cerebro y mi alma se impregnaron de ellos. Más tarde descubrí
que Bugs Bunny, el de los dibujos animados, era el descendiente directo de
Wabosso y de Coyote en nuestra era industrial-electrónica.
Sea
cual sea la seriedad en mis escritos, siento que llevo, al igual que Sócrates
el daimon, el peso de Bugs Bunny (se trata más bien de algo leve) sobre mi
espalda. No me dicta nada, pero me hace sugerencias y me da consejos. Fue
él, y no los sabios orientales, ni Heráclito, quien me reveló que todas las
cosas están unidas bajo su superficie. El espacio es un territorio cósmico,
con sus salidas de socorro y, cuando uno ha creído ver a Elmer Fudd, se trata
en realidad de Bugs Bunny.
Bugs
Bunny, el anarquista que cambia siempre de apariencia, está sentado en mi
hombro izquierdo. El daimon que se encuentra en mi hombro derecho no es otro
que Krazy Kat, el enamorado de la ley y el orden, obsesionado también por
el amor en general.
Es
también la tensión creada por las sugestiones y las revelaciones contradictorias
de estos dos seres lo que me hace escribir, ¿se mezclarán algún día sus gritos
y susurros para producir una voz única?
JAIME
GIL DE BIEDMA
España
Nace en Barcelona
en 1913. Poeta. Su estancia en Oxford le permitió conocer a fondo la literatura
inglesa. Directivo de una fábrica de tabaco. En Las personas del verbo (Ed.
Seix Barral) se reúnen sus poemas. Tras la muerte del poeta, en 1991, se publicó
su obra en prosa Retrato del artista en 1956 (R.B.A. Editores).
Escribo
por haber escrito.
EDOUARD
GLISSANT
Pequeñas Antillas
Nacido en 1928
en Santa María (Isla de Martinica). Entre sus novelas: La Lézarde, que obtuvo
en Francia el premio Renaudot.
Habría
que evocar más bien el contexto en el que toda escritura se manifiesta hoy.
Primero,
el mundo como totalidad, tan peligrosamente próximo al totalitarismo. Ninguna
ciencia nos ofrece una visión realmente global, nos permite aproximarnos al
increíble mestizaje, a las infinitas variedades de esta poética de la Relación
que, sin embargo, despierta curiosidad en todos nosotros.
La
Historia carece ya de unicidad legítima. Las historias de los pueblos han
hecho su irrupción en la gran escena del mundo y han desarticulado el bello
modelo. Es porque nuestra memoria es profética: al mismo tiempo que reúne
la denuncia del mundo, intenta separar todo lo concerniente a la jerarquía,
a la escala de valores, a una transparencia falsamente universal. Hoy sabemos
que no hay modelos.
La
importancia de la antigua división de los géneros ha disminuido considerablemente.
¿Qué es la novela y qué es el poema? Nos sentimos atraídos por otras clasificaciones.
Y nos sorprende, por ejemplo, el resplandor de las literaturas orales, que
cambian a partir de ahora el orden de lo escrito. Tanto para los poetas americanos
como para los cantantes de reggae, para los novelistas del Caribe como para
los cuentistas africanos, la repetición, la redundancia, el aparte, no son
errores.
Es
porque comienza la aventura para las lenguas hasta ayer despreciadas, las
lenguas orales, las lenguas dominadas. Pero ellas no heredarán la vieja intolerancia
de las lenguas escritas tradicionales, hay que sostener la apuesta de que
se aceptarán y se comprenderán. ¿Se concebirá tal vez algún día que una cultura
puede ser multilingüe sin perder su autenticidad ni su fuerza?
El
escritor, por encima de la lengua que utiliza, es un constructor del lenguaje.
Ahí se encuentra la poca capacidad adivinatoria con la que se arriesga a prevalecer,
frente a tantos sufrimientos que se inscriben en lo real y que pueden golpear
su irrisoria empresa. Concebir un lenguaje y llevarlo lo más lejos posible
es también su forma más completa de comunicar verdaderamente. Te hablo en
tu lengua, y es con mi lengua con lo que te comprendo.
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